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Johana ha heredado una forma de sentir a buenos Aires.
 
 
Nieves es la mejor bailarina de la vida.
 
 
“Para mí, 'Quejas…' es 'el ABC' del tango, con tres partes muy, pero muy definidas. Donde uno puede primero mostrar que domina el ritmo, mostrar que siente el adagio y después mostrar su habilidad en la variación final.”
 
 
 

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Juan Carlos Copes

Los Seminarios y workshops empezaron conmigo

 

El último 31 de mayo cumplió 76 años. A pleno. Trabajando, en familia, con proyectos. Con algunos cuidados lógicos porque es hipertenso. Pero con el tango a full, como desde hace 60 años. “Esto es mi vida, amo esto, para mí es un sacerdocio. Yo me quiero morir en esto”, dirá luego en su camarín de la Esquina Carlos Gardel, donde desde hace un año baila cada noche “Danzarín” y “La Cumparsita”, junto a su hija Johana.  Maestro de maestros, abrió un camino allá por la década del 50, cuando trasciende de bailarín aficionado en las milongas hasta convertir al tango en un espectáculo de jerarquía teatral. “Yo soy el inventor de todo esto y ahora soy el empleado”, dice tranquilo, sin resentimiento, pero con seguridad.
“Los seminarios y los workshops empezaron conmigo y hoy vive mucha, mucha gente gracias a esa piedra fundamental en la que yo estaba convencido de que tarde o temprano se iba a dar”.
Mientras hacen las fotos en Corrientes y Anchorena, corazón del Abasto, como dice el tango, se paran pa’ mirarlos. Algunos aprovechan y sacan fotos y comentan. Johana, orgullosa de su papá, dice con una sonrisa: “El tiene alma de artista, si fuera empresario, con todo lo que hizo tendría que ser millonario”.
Oriundo del barrio de Mataderos, era un adolescente cuando comenzó a recorrer clubes y milongas. La conoció a María Nieves en La Estrella de Maldonado, pero fue en el Club de Atlanta donde formaron pareja y “armamos y gestamos  nuestros estilo, ahí inventamos todo”. De ahí que en la reapertura del Club, el 27 de mayo pasado, el salón del primer piso lleve ahora su nombre: Juan Carlos Copes. Un mito de Buenos Aires. “Una Biblia”, como dice Johana. Nos volvemos y ya en su camarín comienza a contarnos…

- En 1951, se consagra Campeón en el Luna Park…
- Sí, pero no creo en los campeonatos. En absoluto. Cuando gané yo, fuimos a cobrar y ya se lo habían dado a otro. Lo que pasó es que el público empezó a gritar el número que teníamos en la espalda, así que lo obligó al jurado… Pero no hay mal que por bien no venga. Con Nieves igual conocimos los cabaret más importantes de Buenos Aires: Chantecler, Tibidavo, Tabarís y donde trabajé dos veces: Marabú.
- En el ’55 debutan con el empresario Carlos A. Petit…
- Es mi primer contrato profesional. Había superado mi etapa amateur. Al año siguiente, hicimos el Tabarís… “Tangolandia” en 1957. Y en el ‘59 ya estaba armando la compañía con Piazzolla en México.
- Pioneros absolutos. ¿Hubo otros bailarines profesionales antes de ustedes?
-Había una sola pareja: Julia y Lalo Bello. El era español, eran los únicos conocidos que bailaban con Troilo, con Canaro. Fueron los primeros en ir a Japón. Me refiero a bailarines no actores, porque antes no había ningún actor que no supiera bailar tango: Tito Lusiardo, Enrique Muiño, Elías Alipi… El Cachafaz se dio el gusto de ganarles a todos ellos.

Los milongueros, sin sindicato

Para Copes, su mejor trabajo fue en 1997, “Entre Borges y Piazzolla”: todos los premios, pero no fue un éxito de taquilla. “Es decir, lo intelectual no va con lo popular”, sostiene. Y subraya con casi asombro que todavía cobra derechos por la película “Tango” desde países que ni conoce.

- Júnior dijo que ellos tienen que estar agradecidos hacia usted y María Nieves.
- Sí, él lo dice. Zotto también. Pero hay otros que no lo dicen. Lamentablemente, ni tenemos un sindicato. Los milongueros son los únicos que no tienen sindicato porque nunca se han podido unir. Yo soy jubilado del Sindicato de Músicos, estoy asociado a Argentores y siempre busqué la unión. Cuando la quisimos hacer, enseguida quisieron hacer un festival. Dije: “Pará, necesitamos dos años de estudio para poder armar las cosas bien y con proyección”.
- Después de haber vivido la época de Oro del tango, ¿Qué siente ahora con la movida actual?
-Lo veo bien. Hubo tres décadas en que el mundo entero, no solo la Argentina, dejó de bailar en pareja. Y atribuyo el éxito del tango en todo el mundo en que se han vuelto a abrazar.
- ¿La mayor gloria de su carrera le llega con “Tango Argentino”, de Orezzoli y Segovia?
- ¡No, en absoluto, ellos se basaron en lo mío para llegar a hacer todo eso! Las charlas, las coreografías, todo eso estuvo charlando Segovia conmigo desde el 76, y cuando se concreta en el 83, se hace porque llega la democracia. Fue un respiro, aquí y en Francia.
- ¿Qué diferencias había entre ellos?
- Segovia era el talento, el que pensaba, y Orezzolu el que cuidaba el bolsillo. Pero el primer error que cometieron fue en Italia. Se lo dije. La orquesta era fabulosa, los cantantes también, pero no había un director musical, un director coreográfico… Por ejemplo, había un homenaje a Troilo y le dije: No pongas Quejas de Bandoneón y Danzarín, porque Danzarín es más denso y más sentido. Para mí, “Quejas…” es “el ABC” del tango, con tres partes muy, pero muy definidas. Donde uno puede primero mostrar que domina el ritmo, mostrar que siente el adagio y después mostrar su habilidad en la variación final. 
- ¿Y al final, le hizo caso? ¿Lo cambió?
- Sí, lo cambió. Yo le dije: “Si esto, no lo dominás, se te va”. En lugar de hacer una cosa mística, que era un homenaje, se transformó, se apartó de lo que significaba o pretendía Segovia, que fuera lo más aparecido a una milonga amateur. Yo a “Quejas” lo sigo haciendo igual que cuando lo empecé, con mística.

Bicho infernal y glorioso…

Artista ciento por ciento, no es un detalle menor la ropa y el calzado.

¿Cuántos trajes tiene Copes?...  ¡Noo, perdí la cuenta, quedaron en el camino…! confiesa el maestro preñándose en su camarín del subsuelo. “La ropa es muy importante, en el sentido de que refleje sobre todo tu personalidad y al mismo tiempo que represente la personalidad de quien estás ejecutando, es decir el músico, la orquesta, todo… Cuando se me metió en la sangre este bicho infernal que es el tango, - infernal en muchos sentidos y glorioso en todo sentido-, me acuerdo que para lucirme en “Tangolandia” de Francisco Canaro, quise lucirme, deslumbrar y me pagué a plazo dos trajes. El primero lo compré en calle Libertad, un traje marrón clarito con rayas un poquito más fuertes, nada que ver con la vestimenta típica.  Era usado, enorme y mi vieja me lo arregló. Después me los hice a medida con un sastre.
- ¿El más caro, cuál fue?
- Unos de 1.500 o 2500 dólares hechos a propósito para trabajar en Broadway.
- ¿Y de los zapatos, cuál prefiere?
- La línea que se usó después también fue inventada por mí, Los zapatos comunes no eran fácil para bailar, se descosían, se rompían muy rápido. Entonces recurrí a los zapatos tipo español, para bailar flamenco. Hasta que a Fattomano le dije un día: “¿Para qué ponerle polainas encima? Hacé toda una pieza, y más arriba de la botamanga por adentro ponele un cierre relámpago y por afuera, en color crema, ponele botones. Hoy verás que está inundado el mundo con zapatos de ese estilo. Ahora uso unos que abajo son tipo español y arriba con cordones.
- La ropa también es todo un ritual para el milonguero.
- Sí, antes había una casa especial para corbatas, otra casa que hacía las camisas con el cuello grande, abierto para poner el moño, tipo Alberto Castillo. Hay muchas cosas que no se le reconocen a Castillo, pero dentro de la canción fue un Piazzolla. Es decir, cambió las formas, el estilo. Cada uno buscaba la forma de destacarse con personalidad, no imitando.
- Y están los códigos de la milonga.
- Sí. Algunos que decían que había que amar el juego clandestino. Fui  a todos los hipódromos y me aburrí. Otros decían que había que emborracharse: me agarré mil de ésas y mal, porque mezclaba. Pero de lo que nunca se habló en mi época de amateur era de la falopa.
- ¿No  había?
- No es que no había: era muy cara. La usaban los de doble apellido. Sabíamos que existía, pero no estaba al alcance del bolsillo del tipo que iba a la milonga a bailar.
- Eso hoy cambió…
- Ahora hay muchísimo. Cuando hubo una exhibición de Finito conjuntamente con Petróleo fui al baño y me encontré atacado por gente que me ofrecía mercadería. Les decía: “no estoy en el palo”, y no me lo creían.

María Nieves, la bailarina de la vida…

- María Nieves me dijo que siempre tuvieron mucha conducta para cuidarse para el show.
- Así es…
- Disculpe, pero hace rato que lo escucho hablar y lo miro, y me hace recordar a ella…
(Se sonríe) - ¡Y fueron cuarenta años de vida juntos, no se pueden olvidar así nomás!  Nos casamos en las Vegas, y después nos divorciamos. Después me casé con Myriam (Myriam Ivonne Albuernes), con quien tuve a Johana y Geraldine, quien me dio una nieta: Malena, de 1 año. ¡Dios me castigó: estoy rodeado de mujeres! (Se ríe)…
Yo le digo a cualquiera que ella es la mejor bailarina de la vida, no del siglo como yo. A mí me dieron el premio Bailarín del Siglo, pero a Nieves le vi hacer cosas con grandes bailarines que yo no me atrevería hacer con grandes bailarinas. Es decir, ¡Nieves es tango! El tango nos encontró. Yo siempre digo que para el tango hacen falta dos y un sentimiento en el medio, y si no hay química… ¡La química es muy difícil de olvidar!
- ¿Cuáles fueron las diferencias entre ustedes?
- Ella quería largar y yo no… Los últimos tiempos fueron tenebrosos: ella decía basta y yo quería seguir. Para mí es un sacerdocio, yo amo esto. Así que hicimos una gira a Japón en el 97 y dejamos de bailar juntos. Ella siempre fue muy no, yo preparaba todo y la llamaba a último momento para no pelear. Entrábamos al escenario puteando, y salíamos y nos seguíamos puteando. Pero en el medio estaba el verdadero Copes-Nieves. ¡Sentíamos el silencio!
- En Atlanta crearon el estilo…
- Sí. Yo veía los dos estilos: el de hacer  y el liso, el elegante. Mi creación fue combinar los dos. Y después cuando inventé el tango-show, fue como un florecer del tango en primavera. Y entonces todos nos entraron a copiar. ¡Hasta me agarré a trompadas con uno que fue a Karina a espiar! ¡Antes no había  videocasete!
- ¿Sintió las críticas por bailar con su hija?
-¡Sí!... Muchos pensaron que tenía un affaire con mi hija, o al revés. Pero demostramos que entre los dos hay un vidrio y lo que mostramos es técnica de cómo se debe bailar un tango.
- ¿Es rebelde o le hace caso?
. Sí, es rebelde… como toda mujer es muy difícil… (Risas).
- ¿Qué heredó de usted?
- En lo humano, sabe que nunca fui un delincuente, nunca tuve que mentir ni tapar mis cosas: las hice abiertas y si me equivoqué, que Dios me perdone… Creo que ha mamado y heredado una forma de sentir, de sentir a Buenos Aires, sentir a su país, ¡una forma de sentirse argentina! ¡Y eso es lo que nos falta!... Lo dice el Martín Fierro: los hermanos sean unidos, esa es la ley primera… Y no se cumple, acá cada día nos separan más. . Acá tenemos todo, una mina de oro en polvo no explotado, un país rico, con  todo y no le damos bolilla. ¡Lo regalamos! Cuando más analfabetismo haya, mejor, en beneficio de unos cuatro o cinco que nos gobiernan.

Silvia Rojas
Fotos: Eduardo Sarapura

 

 
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